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Anselmo aprendió la
extraña geografía de la vida sin darse cuenta, sin
apenas mirar el hule acartonado de la cocina donde
se extendían las pálidas regiones cuarteadas. Los
labios de su abuela murmuraban los nombres de los
frentes como ríos subterráneos que ahora discurrían
por aquí y un poco más tarde, a capricho, se mudasen
por allá en un vaivén de locura.
Aquellos tiempos de
infancia tenían regusto a granos de anís, cominos o
bolitas de pimienta, ya que Jacinta Triguero Suárez
nublaba su voluntad al compás de los acontecimientos
y sus dedos trocaban los sabores que sin darse
cuenta machacaba en el mortero; algún que otro día
el gazpacho era dulce limonada y el tazón de leche o
el café de puchero eran salobres, lo que llevaba a
Fidel Brioso Linares a sentenciar que en casa se
bebía a sorbos la amargura del mar interior de
España. Todo se apresaba entre los vidrios del
caleidoscopio de la vida para reflejarse en los
espejos de uno mismo.
La abuela Jacinta
dibujaba en los cobertores al hacer las camas. Los
alisaba con las manos y pasaba su dedo índice con la
determinación de un estratega por su pelusilla. La
imaginaba usurpando el lugar de alguno de los
mariscales de Napoleón como los había visto en la
enciclopedia de la escuela en una pintura rodeando
al francés, sobre un mapa donde se insinuaban las
líneas inseguras de los territorios de Europa.
También Jacinta
Triguero por lo negro de su pelo y ojos de carbón
rasgados, podría haber sido lugarteniente de Aníbal
abriendo con su dedo afilado una brecha sobre los
Alpes. Anselmo, que se embobaba en las clases de
historia de la escuela, sabía que el maestro le
reprendería por su escaso amor patrio y por desoír
su repiqueteo contra aquellas fuerzas disolventes
enemigas que minaban el solar añejo de la patria, o
sea, su abuela Jacinta tenía que ser el mismísimo
caudillo Viriato. Y al verla absorta sobre el
cobertor de su cama trazar las sinuosidades de la
orografía española, alisar planicies, pinchar su uña
en las capitales, zigzagueando ríos y remolinando
con la yema los vados, escuchaba su bisbiseo de
frases aisladas: por aquí las columnas, aquí esta
línea divisoria, más allá la infantería, para acá la
artillería... la última vez que su abuela dibujó
aquellos planos secretos, sobre un lugar
indeterminado clavó los cinco dedos y se dejó caer
sollozando sobre la cama. Sus puños se hundían sobre
el colchón y Anselmo oía sus gritos amortiguados por
la lana. Años más tarde comprendió lo que gritaba:
¡Malditas cucarachas voladoras! ¡Malditas
cucarachas italianas! El luto desde aquel día
cubrió el cuerpo y corazón de Jacinta que abandonó
definitivamente la frase de Albornoz que para ella
abrió la puerta de la desdicha: La República vino
con demasiada alegría y desde entonces acuñó su
propio lema de la vida: No existe quien no
recuerda".