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Catedrático de
Filología
románica de la
Universidad
Complutense,
miembro y
secretario
perpetuo de la
Real Academia
Española,
crítico e
investigador,
Alonso
Zamora Vicente
(Madrid, 1916)
es uno de los
grandes maestros
del relato
corto. Autor de
estudios
importantísimos
sobre las obras
de Valle Inclán,
Lope de Vega o
Camilo José
Cela, es también
el brillante
creador de
narraciones como
Primeras Hojas
(1955), Smith y
Ramírez S.A.
(1957) o A
traque barraque
(1973). Su más
reciente volumen
Sin levantar
cabeza (1978)
tiene como
héroes a una
colectividad
margin-ada y
entristecida que
lucha por
sobrevivir
después de la
Guerra Civil
Española, por
entender una paz
endurecida y
hostil. Esta
entrevista
revelará al
lector la aguda
personalidad del
autor de cuentos
más original de
la España de
hoy, donde el
género se ha
convertido en un
pasatiempo
rentable a causa
de los
innumerables
concursos
anuales.
En Primeras
Hojas evoca
usted un Madrid
que parece hoy
desaparecido…
Es el Madrid de
mi infancia. Es
efectivamente un
Madrid que no
existe, claro,
han pasado
muchas y muy
importantes
cosas. Una
historia
nacional que
tiene que
reflejarse
inexorablemente
en la vida de
Madrid. Es un
Madrid de una
vida patriarcal,
burguesa, un
Madrid además,
me atrevería a
decir, de
madrileños. Mire
usted, la gran
inmigración
sobre Madrid, de
las provincias y
de otros sitios
es cosa de
finales de
siglo, de los
años setenta,
ochenta, es un
poco el Madrid
que se ve en el
Género Chico,
donde hay
siempre un tipo
de gallego, un
tipo de catalán,
de asturiano. Y
el Madrid donde
yo fui chiquillo
pues era un
Madrid, vamos a
decir de
criollos, un
Madrid de
madrileños de
verdad, de la
capital de todo
el país. El gran
suceso
sociológico, a
mi juicio, es
que con la
Guerra Civil eso
desapareció.
Madrid con la
Guerra Civil fue
de nuevo, con la
paz de esa
guerra, (la paz,
en fin) invadido
por gentes como
decimos los
madrileños,
paletas, gentes
provincianas sin
la altura ni la
preparación, ni
el sentido
incluso
histórico que la
ciudad tenía; de
ahí que se haya
convertido en
una ciudad de
aluvión que
volverá a ser de
nuevo, una
unidad, dentro
de una
generación más o
dos, pero hoy
esta ciudad que
usted conoce, de
aluvión
impresionante,
desorientada,
una ciudad que
está haciéndose.
Claro, aquel
Madrid pues cómo
no va haber
desaparecido,
figúrese usted,
si era un Madrid
donde nos
conocíamos
todos, donde se
paseaba por una
calle de arriba
a abajo como en
una provincia
cualquiera… En
mi casa se vivía
prácticamente
con arreglo a
los toques de la
campanas de la
parroquia, más
que con el reloj
o con mandatos
familiares, muy
distinto…
En ese Madrid
hizo sus
estudios…
Yo nací en pleno
barrio antiguo,
en el Madrid más
Madrid, en fin,
en Puerta de
Moros que es un
sitio, allí de
San Andrés, de
San Francisco el
Grande, de la
calle de don
Pedro, un Madrid
que no se debe
confundir con
ese que han
llamado por ahí
Madrid castizo,
que es un
entelequia
literaria, no,
no, el Madrid
verdad, el
Madrid anterior
a la
Reconquista. Y
estudié en una
escuela, en un
colegio
Hispano-francés
que había allí,
que era un
colegio ya
inspirado en la
Institución
Libre de
Enseñanza, donde
estudió Pedro
Salinas, muchos
antes que yo,
también, porque
Salinas también
nació en ese
barrio, y luego
hice mi segunda
enseñanza en
torno al
Instituto
Nacional de San
Isidro que era
el gran centro
oficial.
En España los
institutos
oficiales eran
muy buenos hasta
cierta
circunstancia,
muy buenos.
Después fui a la
Universidad
también en
Madrid, de
manera que yo
siempre soy
madrileño,
siempre…
Ese ambiente que
conoce en su
juventud era
opresivo?
No, qué va, en
absoluto… En mis
años jóvenes, yo
me he formado en
unos medios, en
torno a la
Institución
Libre de
Enseñanza, la
Residencia de
Estudiantes, el
Centro de
Estudios
Históricos,
donde un chico
que estudiaba.
Vamos, en Madrid
se leía a Joyce
antes que en la
propia
Inglaterra y en
la facultad lo
conocíamos.
Ahora creo que
si un chico
español conoce a
Joyce es porque
lo ha oído en
algún sitio y
él, por libre,
por su propia
voluntad, ha ido
a buscar sus
libros, etc.
Entonces se
discutía en los
medios
universitarios.
No era un mundo
opresivo… Lo que
si era posible
es fuese una
minoría, no digo
que no, pero,
claro, también
la estructura
social era muy
distinta, pero
nada de
cerrazones, en
absoluto.
Incluso en ese
movimiento había
muchas gentes
que eran
católicas,
católicas
ortodoxas,
monárquicas,
gentes de lo que
hoy llamaríamos
derecha, pero
también
pertenecían a
ese movimiento
de avanzada. En
el Centro de
Estudios
Históricos no se
preguntaba a
nadie en qué
creía o qué
pensaba, sino
para qué valía y
para qué no
valía…
Va a la
universidad en
la época de la
República …
Si, la época de
la República.
Mire usted, yo
conocí una
facultad de
Letras como no
la habido jamás
en España. En
primer lugar era
una facultad
absolutamente
autónoma. Ahora
que tanto se
habla de
autonomías, yo
no sé ya lo que
quiere decir la
palabra
autonomía, una
especie de
remedia-vagos,
verdad, de
palabra que vale
para todo y no
vale para nada;
no, aquello era
autonomía en su
auténtico valor,
los profesores
se contrataban,
etc., y hay que
destacar que esa
situación no
tenía nada que
ver con la
República , fue
una coincidencia
en el tiempo,
por muchos
azares, por
muchas razones.
Eso venía
pensando desde
la Monarquía ,
fue llevado
adelante por un
ministerio
absolutamente
monárquico y
conservador, don
Elías Tormo… Lo
que ocurre, dio
la coincidencia,
que eso cayó
como fruta
madura… Fíjese,
una facultad
donde estaban de
profesores
García Morente,
Ortega y Gasset,
Julián Basteiro,
don Ramón
Meléndez Pidal,
Américo Castro,
Tomás Navarro,
Salinas,
Montesinos, en
fin, era
sencillamente
extraordinaria.
Ahora, eso era
posible porque
se asistían a un
renacer de la
vida
universitaria,
muy ceñida a la
investigación,
en una sociedad
que hoy nos
parecería
excesivamente
elitista, claro,
eran muy pocas
las gentes que
iban a la
universidad.
Fíjese usted,
cuando yo
terminé, pues
terminamos dos,
dos personas de
la carrera, mi
mujer y yo,
habría cabido,
claro, dentro de
esos medios tan
generosos, no la
masificación
actual, pero sí
un crecimiento
muy grande de la
vida
universitaria.
Desde luego, era
una facultad
sencillamente
extraordinaria.
España exportaba
ciencia, la
gente venía aquí
a estudiar de
todas partes.
Eso fue el fruto
de la Junta para
ampliación de
estudios, que se
debió crear
hacia el año de
1905, 1906.
Al llegar el año
1930 se le había
dado la vuelta
al país como a
una manga y, en
todas las
actividades de
la ciencia y el
espíritu, España
tenía
personalidades
destacadísimas,
de primerísima
categoría…
¿Tuvo primero
interés por la
creación
literaria o por
la
investigación?
Bueno, pues creo
que han sido
siempre
conjuntas, usted
piense que era
cosa casi normal
ver el hecho
literario como
una
manifestación
más de la
cultura
lingüística, del
amor por la
lengua, nunca me
he hecho una
separación en
mis conceptos;
sí me la haga en
cuanto a los
frutos. Creo que
no se nota, en
lo que yo pueda
escribir, que yo
explico
fricativas,
vamos, eso es
otra cosa, pero
yo manejo las
fricativas, hago
con ellas lo que
me dá la gana. A
veces, claro, es
inevitable, uno
sabe cosas del
oficio e incluso
en guasa, usted
habrá notado que
yo muchas veces
me río de mi
propia ciencia
en lo que
escribo y creo
que es la forma
más noble de
quererla, pero
tiene que haber
a la fuerza un
influjo, un toma
y daca, la vida
no es un
separarse, sino
que en todo
momento vamos
con todo a
cuestas, no
podemos
escaparnos de
nosotros mismos,
¿verdad?, luego
tiene que haber
algo… Anderson
Imbert dijo en
una ocasión que
yo me beneficio
de mis
conocimientos de
historia
lingüística, en
lo que escribo,
yo creo que no,
que lo que yo
escribo por
ejemplo no creo
que lo haya
escrito nadie,
quizás se puede
encontrar, cómo
no!, un
precedente en
Cervantes,
porque en
Cervantes está
todo, (usted
sabe que en
materia
literaria en el
mundo no hay más
que dos cosas,
una es
Cervantes, y la
otra lo demás),
mejor dicho,
cierto
Cervantes, pero
basta con eso;
es otra cosa. La
lengua de
Cervantes a mí
no me sirve para
explicar mis
cosas, esta es
lengua de otro
tipo, quizás
quiere decir que
puedo manejar
más riqueza
léxica… creo que
también se
equivocan! La
riqueza léxica
que yo puedo
emplear obedece
a que yo he
aprendido el
español en la
calle y la calle
es la gran
maestra de
cualquier
español. Lope no
fue a la
universidad con
fruto, vamos, si
nosotros le
llamamos
filólogo nos
mordería, y
Cervantes no
digamos… Es la
calle nuestra
gran maestra…
Pero casi
siempre se
escribe como se
escribe…
Ahí hay una cosa
que yo quiero
aclararle, verá
usted.
Probablemente yo
he pretendido
quizás alguna
vez en mis
artículos de La
Nación o en
algún sitio,
escribir como
hay que
escribir, como
se escribe, es
decir, aquello
de aquella
lección tan
bonita de
Machado: escriba
usted algo: "los
eventos
cotidianos que
acaecen en la
rua", ¿lo
recuerda usted?
estupendo, muy
bien escrito;
ahora escríbalo
usted bien,
literariamente:
"lo que pasa en
la calle" ¿ve
usted la
diferencia? pues
yo creo que, si
he tenido esa
cosa, la he
perdido; gracias
a Dios me duró
poco, yo creo
que precisamente
la lengua
coloquial, la
lengua viva, es
la mayor
creación, la que
está
constantemente
inaugurándose,
la que responde
a las
necesidades de
la comunicación,
a algo que es
nuevo en este
preciso momento,
que ha estado
absolutamente
inédito, hasta
ese instante y
no creo, que la
lengua que yo
empleo sea lo
que llamaríamos
hoy la lengua
conversacional:
es una gran
mentira, es una
superchería,
pero que resulta
más verdadera
que la verdad
misma, como no
es una jota la
jota que escribe
Falla.
Como no es un
polo el polo que
escribe Falla,
sino una
reinterpretación,
una acomodación,
una selección,
todo lo que
usted quiera, de
la lengua
coloquial. Lo
otro es lo que
han hecho en
muchos sitios,
se pone esta
maquinita, se
registra y se
pone todo y
claro, si sale
bien, bien y si
no,… La Purísima
Concepción y si
sale con barbas
San Antón…
¿En qué medida
afecta a su
creación, a sus
investigaciones,
a su vida misma
el hecho de la
Guerra Civil ?
Ah, eso
muchísimo,
muchísimo. Mi
querido amigo,
acuérdese usted
aquello que dice
Alberti: "He
nacido,
perdonadme, con
el cine", ¿se
acuerda? La vida
humana está
sometida a
experiencias.
Aquello de la
vieja teoría de
las generaciones
de Petersen, hay
experiencias de
tipo cultural, y
experiencias
catastróficas y,
claro, usted
supóngase, yo
estaba en una
facultad
maravillosa, con
profesores, con
los cuales me
entendía
perfectamente y
que me querían
mucho, vamos,
todos ellos han
sido grandes
amigos míos
después y los
que viven aún lo
siguen siendo
por encima de
azares, de
diferencias y de
geografías, y
que, de pronto,
un día en la
época en que yo
estaba mimadito
y casi nombrado
para irme de
profesor a
Alemania, a una
universidad
alemana, se
hunde toda la
estructura con
la sacudida de
la Guerra Civil
y nos llegan
tres años en los
que hay que
hacer las cosas
más increíbles,
más absurdas. La
primera, tener
que vivir,
claro, que ahí
es nada, sí, esa
es la gran
experiencia de
mi existencia.
Quiera que no,
yo me tropiezo,
estoy siempre
condicionado
para todas mis
relaciones, mis
opiniones, mis
actividades con
un fantasma, una
voz que me
avisa, una
cautela, algo
que está siempre
detrás de mi,
que se llama la
experiencia de
la guerra civil,
eso es natural,
que me ha hecho,
pues, valorar
muchas cosas que
antes no
valoraba y
desdeñar otras
que entonces
valoraba y
desdeñar otras
que entonces
valoraba. Me ha
enseñado, por
ejemplo, que es
mucho más
importante la
decencia que la
ciencia, me ha
enseñado que es
mucho más
importante el
acercarse a la
gente como la
gente es y
aceptarla como
es, que no
perderme en el
maremagnun de
las grandes
estructuras
culturales…
¿Por esos
motivos, por lo
que vendrá
después, se va a
la Argentina ?
La paz la
esperábamos
todos como algo
verdaderamente
necesario y
todos habríamos
querido ir por
una senda común
y nos
encontramos con
que no fue así.
Fueron unos
largos años de
cultivo del
rencor por el
rencor mismo, en
fin, todavía en
mil novecientos
setenta y cinco
y ahora lo puede
usted ver en
algunas
publicaciones,
hay gente que
sigue
necesitando para
vivir, mantener
un fuego como de
exterminio, como
si estuviesen
acosados por
todas partes,
como si el mundo
estuviese hecho
de enemigos y
no, no es
verdad, hay
algunos enemigos
claro, y la vida
tiene que tener
su sal y
pimienta, pero
también hay
muchas cosas
amigas. Sí, me
fui a la
Argentina y
después me fui a
México y he
estado en más
sitios. Yo tuve
una cátedra muy
pronto, claro,
que fue fruto,
pues no se si de
mi preparación o
de aquella
preparación que
daba aquella
facultad, donde
no se hacía otra
cosa más que
leer, y me
encontré con un
mundo donde
estorbaba lo
negro, vamos, la
gente no leía. A
mí ésta cátedra
no me la regaló
nadie, entonces,
yo pedí una
situación
jurídica que se
me concedió y me
marché. Y no
quiero decir que
yo me marchara
así por las
buenas, siempre.
Quizás, ya ve
usted, lo pensé
la segunda vez
que me marché,
pero no, yo creo
que hay que
volver y que el
puesto de un
español está en
España. Si yo
hubiera sido
otro tipo de
persona, un
ingeniero, un
contable, un
constructor, no
habría pasado
nada, pero
dentro de las
estructuras
intelectuales en
que yo me puedo
mover, mis hijos
tenían que
encontrarse a la
fuerza en un
horizonte
exclusivamente
español y habría
sido un divorcio
tremendo, así
que a España
volvimos. Yo que
he vivido en
muchos sitios de
América y de
Europa, pero
muchos, pues
quizás la mitad
de mi vida,
entre unas cosas
y otras, le digo
a usted que,
para vivir, lo
que se llama
vivir, sentir la
vida no hay nada
en el mundo como
España,
levantarse,
pasear, ver
catedrales,
recorrer museos,
charlas con los
amigos, tomarse
un vaso de vino
y no más,
hablando
infatigablemente,
no hay país como
España para
vivir. Ahora
para convivir y
para meterse en
la máquina
oficial del
país, tampoco
hay país como
España, eso se
lo aseguro, esto
es el
desbarajuste
padre y estamos
asistiendo a las
consecuencias
del capricho
franquista que
ha durado muchos
años y que en
fin, pues que
esperemos que se
remedie, ¿no?
Sus trabajos
sobre
Valle-Inclán ¿no
son una
contestación al
régimen social
instaurado
después de la
Guerra Civil ?
No sé qué
decirle a usted.
Si le he de
decir la verdad,
la verdad
última, es
posible que lo
tengan, claro,
pero, vamos, no
era esa mi meta.
Yo estaba tan
impermeabilizado
a la estructura
en que vivía,
tan ajeno a
ella, que es
como si la
ignorase.
Yo pertenezco a
una casta de
señores, que
aunque usted no
lo crea, no he
sabido nunca
quiénes eran los
ministros de tal
cosa y es como
si me dijeses:
se ha caído un
saco de arroz en
Naval carnero,
exactamente lo
mismo, sabía que
no podría salir
del sistema en
que se estaba
por muchos
cambios que
hubiera. Ahora
sí, realmente
creo que he
hecho ver lo que
eso suponía,
sobre todo
cuando hablaba
de los
esperpentos,
claro, hacer ver
cómo un escritor
tiene que ser
ante todo un
escritor
comprometido. Yo
no creo en el
escritor que
está metido en
su torre de
marfil
tranquilamente
haciendo
sonetitos o
hilvanando
adjetivos
extraños,
¿verdad?, no, yo
creo que un
escritor está en
el mundo, igual
que está en su
circunstancia el
portero de la
casa donde vive
y la mujer que
le hace la
comida y ese
mundo tiene unas
exigencias y el
escritor para mí
tiene la
obligación de
estar siempre
como si
dejásemos en la
oposición, estar
intentando limar
los errores,
purificar de
escoria los
aciertos, en
fin, tiene que
ser un escritor
de avanzadilla
del pensamiento
y de la actitud
ante las
circunstancias
en que vive y a
Valle-Inclán no
se le había
dicho nunca eso.
Valle-Inclán
pasaba por un
señor
estrambótico,
que dice cosas
geniales. En
este país para
decir la verdad
hay que pasar
por loco claro,
esto es de
siempre, por eso
don Quijote dice
las cosas que
dice, porque
como está loco
se le toleran,
pero le digo que
no fue esa mi
intención.
Después, claro,
se puede ver, la
verdad nunca
gusta, cuando
está desnuda
suele ser una
cruel
deformación…
¿Smith y Ramírez
S.A., su novela
corta, es una
metáfora del
franquismo?
La vida en Smith
y Ramírez es la
de un inmenso
campo de
concentración,
muy bien guiado,
muy bien
llevado, muy
bien estudiado,
es un campo de
concentración
experimental,
vamos, eso es lo
que era. En
cierta forma era
el país, claro,
sí, es verdad.
Todos vivíamos
en el país como
niños perdidos,
se nos sometía a
un trato, se nos
decía cómo
teníamos que
levantarnos,
cómo teníamos
que saludar, qué
era lo que había
qué pensar, a
qué horas había
que rezar. Creo
que todos los
regímenes de
tipo totalitario
deben ser muy
parecidos...
¿Por qué hay tan
pocos narradores
de cuento en
España, quiero
decir de
calidad?
En España la
vida literaria
está muy
mediatizada por
cosas que no son
literatura. Ha
dominado en
estos tiempos en
España, además
son muchos años
y no se puede
decir una cosa
general para
tantos años, una
literatura
tradicional, muy
conservadora en
sus medios
expresivos, que
en el fondo se
traduce en
ramplonería,
revela, sobre
todo, poca
formación
literaria
precisamente.
Hay nombres muy
destacados, muy
ilustres, qué
duda cabe, pero
en fin, ahí cada
cual hace lo que
quiere…
También puede
ser un problema
editorial,
problemas de
censura, de
formación,
problemas de
muchas cosas,
muchas cosas. Yo
pienso que en
España ha habido
una cosa nefasta
para la
literatura en
los últimos
años, que ha
sido la
extremada
abundancia de
premios
literarios;
existe en España
con facilidad el
señor que tiene
como profesión
asistir a los
concursos y
claro, hay que
escribir con
arreglo a
ciertas cosas,
con rapidez, y
yo creo que hay
que escribir
simplemente
porque uno se
divierte
haciéndolo,
porque es como
si uno confesara
en unas páginas…
Mire usted,
cuando yo
escribí Primeras
Hojas, yo tenía
muchísimos
recuerdos,
muchos, de mi
vida de niño. Y
de mi madre, que
murió cuando yo
tenía seis años,
tenía muchos
recuerdos
aislados que yo
no lograba
naturalmente
hilvanar: desde
que los escribí
se me han ido
olvidando, pero
completamente,
me han
desaparecido
sueños, me han
desaparecido,
pues, eso, a
veces hasta
pequeñas
emociones del
barrio donde
viví y de los
pueblecitos por
donde anduve, no
solamente lo de
mi madre sino
muchas cosas de
las que yo
cuento ahí y es
como si se
hubieran
traspasado a
otro que pueda
reedificarlas
por su cuenta en
lugar de
reedificarlas
yo. En cambio
estas gentes que
escriben
pensando en el
concurso,
escriben
pensando en que
eternamente
tendrán que
acordarse los
convencidos y la
posterioridad de
que él tuvo ese
premio, dos mil,
tres mil o
seiscientas mil
pesetas. Eso no
tiene nada que
ver con la
literatura…
Uno de sus
personajes dice:
"todos somos
maestros en
disimular el
propio,
escandaloso,
duelo"
Yo creo que
durante años he
vivido en una
colectividad en
la que todos
tenían algo que
esconder, que
era la vergüenza
de su propia
frustración. El
que quiso ser
profesor y no le
dejaron, el que
quiso casarse
con fulana y no
le dejaron, el
que quiso
matarse y le
faltó valor para
hacerlo, el que
quiso marcharse
y no pudo o no
supo, todos,
todos, todos
durante mucho
tiempo, menos el
que jugaba el
gran oficio de
ser el vencedor,
llevamos algo
encima que
querríamos tener
y no tuvimos,
ese era el
duelo…
En sus cuentos
hay constantes
referencias al
cine…
Yo voy al teatro
y me aburro
soberanísimamente,
tengo que hacer
un gran
esfuerzo, tengo
que increpar,
invocar a toda
mi estructura
cultural para
darme cuenta de
que estoy en el
teatro, que
estoy cumpliendo
con una
tradición que
viene desde más
allá de Esquilo,
estoy haciendo
verdaderamente
un esfuerzo
intelectual
extraordinario y
nunca
corresponde el
resultado al
esfuerzo que
hago. A veces,
pues paso un
buen rato, me
distraigo,
comprendo el
valor poético,
el conflicto
dramático, pero
lo que está
pasando allí,
cómo se está
montando, cómo
se está
diciendo, con la
pedancia
ridícula del
actor que tiene
que dejar los
brazos caídos y
un pie
adelantado y
decir las
consonantes y
gritar, yo veo
toda una
falsedad
fenomenal. Yo
soy un hombre de
cine, desde niño
he estado yendo
al cine, desde
niño he estado
yendo al cine a
ver las
películas por
episodios y
había que ir
todas las
semanas, todas
las semanas, a
comer en el
cine, a orinarse
en el cine
porque uno es
pequeño y no
puede salir, a
pegarse en el
acomodador
porque le toca a
uno columna,
porque, claro,
no había salas
como ahora, era
otra cosa… Y yo
he seguido
viendo el cine y
hoy sigo viendo
el cine, ahora
ya no voy tanto,
no voy tanto
porque ya estoy
como en la época
de releer,
¿verdad? de ver
las cosas
viejas,
desenterrarlas.
En la época en
que yo me
formaba, el
teatro que
podíamos ver los
españoles era
Benavente,
teatro
benaventiano,
luego por fin
llegó la
explosión del
teatro de Lorca;
el teatro de
Unamuno, o
teatro de Valle-Inclán
no se
representaba, se
estrenaban y
fracasaban, la
burguesía lo
devoraba, pero
en cambio pude
ver todo René
Clair y Charlot
entero tantas
cosas más. La
diferencia habla
por sí sola.
Entre tener que
ver el teatro de
Casona en mil
novecientos
treinta y cinco
y poder ver El
sombrero de paja
de Italia o
Tiempos modernos
hay una gran
diferencia,
verdad? Yo
pienso además
que en la
literatura hay
un momento en
que el cine pesa
sobre la
literatura, se
intercambian,
hay una novela
de antes del
cine, que es la
gran novela
tradicional, los
realistas del
diecinueve, y
una novela de
después del
cine, que quizás
comience con
Proust y con
Joyce y un John
Dos Passos y
naturalemente yo
estoy ahí…
No sé quien ha
dicho que usted
es un escritor
de izquierdas
que publica en
un periódico de
derechas…
Eso lo he dicho
yo, hombre, yo
mismo en un
cuento mío, sí,
de quien, yo me
río de veras, de
veras en mis
cuentos es de mí
mismo, porque me
veo en otras
situaciones y
creo que puedo
sacarme de mi
contexto y verme
y entonces me
produce a mí
mismo una rosa
enorme, sí,
pero, además, lo
gracioso, ya que
recuerda usted
esto es que
cuando yo
escribí eso se
publicó en un
periódico de
derechas, claro,
y en el
periódico
tacharon el de
derechas, porque
se dio por
aludido el
propio
periódico, eso
fue un episodio
gracioso que no
tiene
importancia… De
todos modos
quedó muy claro
que ha sido en
un periódico
inteligente, sea
cual fuere su
color…
®Harold
Alvarado Tenorio/Suplemento
del Caribe,
Barranquilla,
Abril de 1978. |