El rastro de una nube
Homenaje al doctor Alonso Zamora Vicente, un caballero
de las letras
Por Ricardo Serna
El 22 de marzo de
1990 recibí la primera de sus cartas. La escribía a
máquina, cosa extraña en él que luego no haría en lo
sucesivo. Alonso Zamora respondíame al envío de uno de
mis primeros libros de relatos, recién salido entonces
de la imprenta. De entonces acá he recibido sus misivas
con la ilusión renovada de quien conoce noticias de un
amigo, de un maestro, de un hombre bueno. Por tal lo
tuve y así lo seguiré considerando en mi memoria de
escritor y de ser humano.
Han pasado desde
aquel lejano 1990 más de tres lustros. Las últimas
cartas suyas que recibí tienen fecha del 9 de enero y
del 7 de febrero de 2006, respectivamente. Y son, como
todas las suyas, de una humanidad que trasciende y
empapa los sentidos; letras muy dignas, serenas como
sereno era él, llenas de buenos consejos y de mejores
deseos, cartas que rezuman sencillez y sabiduría.
Solía escribirme en
su papel timbrado de la Academia, con el escudo de la
institución y su nombre debajo, lo mismo que en el
anverso del sobre. Divisar el escudo de la Real Academia
Española y saber que me escribía Zamora, mi amigo en la
distancia, era todo uno. Y qué alegría me han dado
siempre sus epístolas, qué ánimos para seguir en la
brecha, para continuar escribiendo y superándome en este
complejo y difícil universo de la creación literaria.
El
fallecimiento de don Alonso me ha llenado el intelecto
de tristeza, porque a pesar de habernos tratado sobre
todo de forma epistolar, sus cartas han dejado al
descubierto frente a mí al hombre que hay, que había,
tras el antiguo académico. A través de sus cartas he
sentido al ser humano que latía con disciplina detrás
del sabio, del erudito. Y ese conocimiento del hombre me
ha llenado siempre de satisfacción personal. Además, por
si la lectura de sus obras y el carteo con él ya no
fueran suficiente privilegio –privilegio del que he sido
consciente siempre-, encima sé que opinaba positivamente
de mi literatura y de mi quehacer como escritor, cosa
que nunca le agradecí bastante y de la que en todo
momento me he sentido, y me siento, muy orgulloso.
En su postrera carta, donde anotaba algunos
comentarios generosos acerca de mi novela El
laberinto de los goliardos, escribe al final: “Yo
veo pasar las nubes desde mi butaca, con mi pierna
dolorida. La vida, dice el texto bíblico, es apenas el
rastro de una nube. Y espero –añade- ver ese rastro,
agarrarme a él y...” Los puntos suspensivos son del
académico, por supuesto. Parece un presagio, una
premonición de su fallecimiento, de su adiós.
Ha pasado por fin la nube que él intuía o
esperaba, esa cuyo rastro nos ha privado del sabio y, lo
que es aún peor si cabe, del hombre. Llevaré su recuerdo
en el corazón. Por amigo, por ser humano llano y noble y
porque encima fue un escritor delicado, especial, con un
formidable dominio del lenguaje y una capacidad infinita
de comunicación. Un ejemplo, en definitiva, para todos
los que nos dedicamos a las letras.
Hasta siempre, don Alonso, amigo Alonso. Y muchas
gracias por todo.
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