Nonagenario
y con
envidiable
lucidez,
ha
fallecido
el
reputado
filólogo
don
Alonso
Zamora
Vicente,
tras una
larga
vida de
entrega
a la
investigación
y a la
docencia.
Formado
a la
sombra
de
grandes
maestros
y
vinculado
a la
escuela
de
Menéndez
Pidal,
Zamora
Vicente
era un
intelectual
de
fuste,
comprometido
con la
sociedad
española
aún en
épocas
del
oscurantismo
franquista,
con el
riesgo
que ello
conllevaba.
Polifacético
en sus
conocimientos,
abierto
a
cualquier
manifestación
de las
disciplinas
humanísticas,
nos ha
dejado
don
Alonso
un
enorme
caudal
de obras
filológicas,
que le
catapultaron
tempranamente
a la
Real
Academia
Española.
Desempeñó
en ella
un papel
de
primer
orden en
distintas
comisiones
de
trabajo,
llegando
a
alcanzar
una
posición
relevante
como
Secretario
Perpetuo
de la
docta
casa.
Tras
pasar
por el
cuerpo
de
Catedráticos
de
Instituto,
sus
méritos
le
condujeron
a varias
universidades
hasta
desembocar
en la
siempre
anhelada
Complutense,
desde
donde
impartió
un
magisterio
ejemplar.
Su obra
Dialectología
Española
se
convirtió
en un
manual
imprescindible
desde
que se
publicara
al
inicio
de los
años
sesenta
en la
editorial
Gredos,
para la
que
dirigió
algunas
colecciones.
Conocedor
profundo
de los
clásicos
y
contemporáneos
(memorable
es su
estudio
sobre
Valle-Inclán
y su
Luces de
bohemia),
trabó
amistad
duradera
con
grandes
escritores,
entre
ellos el
Nóbel
Camilo
José
Cela.
Zamora
Vicente
tenía
otra
actividad
en la
que se
desenvolvía
con
admirable
soltura:
la
creación
literaria.
Autor de
numerosos
relatos,
breves y
largos,
don
Alonso
era un
magnífico
recreador
de
ambientes
burgueses
y
aristocráticos.
Imitaba
con no
poca
perfección
el habla
de las
damas
encopetadas,
describiendo
con
humor su
refinamiento
trasnochado,
su
barroquismo
pinturero,
su
cursilería
y sus
costumbres
decadentes.
No eran
cuadros
costumbristas,
sino
intemporales.
Tenía un
oído
finísimo
y una
memoria
prodigiosa,
lo que
le
permitía
reproducir
con
escrupulosa
fidelidad
cualquier
diálogo
que
escuchara.
Su
ligazón
con
Extremadura
es un
modelo
de
fidelidad
mantenida
en el
tiempo,
desde
que
llegó
destinado
como
catedrático
al
instituto
de
Mérida
en los
años
cuarenta.
Se
compró
un
asnillo
y con él
recorrió
los
pueblos
de
alrededor,
aprendiendo
giros,
buscando
expresiones,
desentrañando
palabras
terruñeras,
apuntando
y
analizando
dialectalismos
leoneses
en su
tesis
sobre El
habla de
Mérida y
sus
cercanías.
Siempre
evocaba
con
arrobo
su paso
por
tierras
extremeñas.
No es de
sorprender
que
prefiriera
radicar
su
amplísima,
curiosa
y
variada
biblioteca
en
Cáceres,
para que
la
aprovecharan
los
estudiantes
extremeños
en vez
de las
universidades
estadounidenses
desde
donde le
hicieron
ofertas
fabulosas
por
ella. En
los años
noventa
se le
nombró
miembro
de honor
de la
Real
Academia
de
Extremadura.
Personalmente
he
mantenido
un trato
continuado
con don
Alonso
desde
que me
acerque
con
timidez
a
pedirle
que
dirigiera,
primero
mi
tesina y
luego mi
tesis
doctoral,
a lo que
se
prestó
con
amabilísima
disposición.
Le
recuerdo
acercándose
con
pasos
crepitantes
sobre la
encerada
madera
de la
Real
Academia,
donde me
citaba
para
orientarme
en mi
trabajo
sobre la
arquitectura
popular
valxeritense.
Más
tarde se
prestó a
poner
prólogo
a mi
libro
sobre el
romancero.
Nunca
faltaban
sus
palabras
de
aliento
y
consideración,
cuando
recibía
los
trabajillos
que sus
ex
alumnos
le
enviábamos.
Nos
hacía
comentarios
agudos y
pertinentes
sobre
ellos.
No es de
sorprender
que en
nuestra
relación
apareciese
la
palabra
'maestro',
con la
que le
hemos
nombrado
varias
generaciones
de
universitarios
de la
Complutense.
Mi
postrer
reencuentro
con don
Alonso
fue en
San
Martín
de
Trevejo,
donde
dictó la
conferencia
inaugural
de un
congreso
sobre A
Fala.
Era una
de esas
dulces
mañanas
primaverales
de la
serranía
altoextremeña
y don
Alonso
nos
deslumbró
con su
verbo
fluido y
ameno,
con su
honda
sapiencia
salpicada
de humor
y
socarronería.
La suya
resultaba
ser una
ironía
espontánea
y
divertida,
nada
rebuscada
ni
mortificante.
Que
descanse
en paz
ese
hombre
bondadoso
y
entrañable
que fue
siempre
don
Alonso
Zamora.
Mi
recordado
maestro.
Fernando
Flores
del
Manznao
es
doctor
en
Filosofía
y Letras
por la
Universidad
Complutense