El académico con el que
he pasado más horas y
más años dentro de esta
casa de la calle de
Felipe IV ha sido Alonso
Zamora Vicente. Nos
conocimos aquí mismo,
antes de ser académico
ninguno de los dos. Mi
maestro don Rafael
Lapesa, que también lo
había sido de él
bastantes años atrás en
la misma Universidad, me
había traído, en 1962,
al Seminario de
Lexicografía del que era
subdirector, para que a
diario colaborase en la
redacción del
«Diccionario histórico»
fundado por don Julio
Casares, y no mucho
antes hizo la misma
invitación a Alonso
Zamora en calidad de
redactor especial. Yo le
conocía a él por sus
libros lo suficiente
para experimentar en
aquel instante esa
especie de encogimiento
del profesor que lleva
debajo del brazo un
currículo joven, en
presencia de quien, muy
lejos todavía de la
vejez, ya tiene la
aureola de un historial
digno de sabios con
muchas canas. Pero
pronto superé aquel
instante de cortedad,
gracias al trato cordial
que enseguida recibí de
él y que hasta ayer
nunca se ha
interrumpido.
No quiero, al decir
esto, presumir de un
privilegio. Muchos
amigos, compañeros y
discípulos han
disfrutado igual que yo
de ese comportamiento
afectuoso y cercano. No
pocos de los que fueron
alumnos suyos en
distintas universidades
han continuado su
relación en una larga
amistad, que hoy se ha
convertido en una honda
tristeza. He tenido
ocasión de oír y leer
los testimonios de
algunos de ellos, a
quienes nunca trató
desde la altivez del
magíster que dispensa de
lejos su saber a los
pobres ignorantes, sino
con la familiaridad y
con la sonrisa de quien
comparte amablemente con
ellos el rato de clase y
lo aprovecha no ya en
hacer simpática su
persona (que también),
sino en hacerles
atractivo y divertido un
aprendizaje envuelto en
un diálogo ameno, no
pocas veces irónico, y
enriquecido con
comentarios más o menos
marginales, pero siempre
oportunos y tan valiosos
como el meollo
científico de la
lección. No formé parte
de ese grupo de sus
oyentes, pero he gozado
de sus conversaciones,
casi monólogos,
rebosantes de saberes
variadísimos cosechados
por su preciosa memoria
a lo largo de una vida
llena de saber y de
sabor. Desde la
alfarería a la pequeña
historia de grandes
personajes, pasando por
la vivísima imagen de
una niñez entrañada en
el viejo Madrid: todo
ello, iluminado por una
emoción que se
contagiaba a quienes le
escuchábamos, pasaba
ante los ojos de nuestra
imaginación haciéndonos
participar de la misma
pasión y de la misma
nostalgia que inspiraban
su palabra.
Muchos trazarán hoy una
semblanza del lingüista,
del crítico literario y
del creador. No
olvidemos una faceta con
que tardíamente nos
sorprendió: la de
historiador. En el
penúltimo año del siglo
XX publicó una
monumental «Historia de
la Real Academia
Española», que sin duda
es lo más documentado y
juntamente más atractivo
que se ha escrito sobre
la Institución.
Devoción a la lengua y a
la literatura
Como era característico
de los discípulos de
Menéndez Pidal -de los
que Alonso Zamora decía
ser ya «el último
representante vivo»-,
dedicó su devoción tanto
a la lengua como a la
literatura. Dámaso
Alonso escribió de él
que, si nos acercamos a
su obra en un intento de
«comprensiva
orientación», vemos que
«nuestra brújula se
queda oscilando entre
dos polos, lengua y
literatura». Pero
«enseguida nos damos
cuenta de que se trata
de una especie de
bimatización de un polo
único: lo que es lengua
mirado de esta parte,
resulta literatura si lo
contemplamos del otro
lado de la valla». Mi
visión de Zamora
lingüista la simplifico
en dos títulos que me
llevan a mis tiempos de
estudiante y a mi
experiencia más intensa
de lexicógrafo. En una
mano pongo la
«Dialectología
española», que ha sido
manual obligado de
muchas generaciones de
universitarios, y en la
otra las ediciones
tercera y cuarta, por él
dirigidas, del
«Diccionario manual e
ilustrado de la lengua
española», la popular y
didáctica publicación
académica que mejor
enseñó nuestro léxico a
los hispanohablantes
durante todo el siglo XX.
En cuanto a la crítica y
a la creación literaria,
entiendo muy bien la
visión de Dámaso. Cuando
leo crítica, veo el
brillo de la creación, y
cuando leo creación, veo
la luz de la sabiduría
literaria. Ejemplos: de
una parte, ensayos
penetrantes y personales
como los «De Garcilaso a
Valle-Inclán», una de
sus primeras obras; de
otra, los libros
«Primeras hojas»,
«Examen de ingreso» y
«Suplemento literario»,
llenos de una intensidad
lírica y de un arte del
relato o de la
descripción difíciles de
emular. Sus singulares
cuentos, prodigados en
publicaciones periódicas
y reunidos después en
volúmenes, han alcanzado
a un público muy amplio.
Precisamente hoy, el día
de su muerte, iba a
firmar el contrato con
una gran editorial para
la nueva salida de una
de sus colecciones más
conocidas: «Sin levantar
cabeza», prologada por
Camilo José Cela. Que
esta publicación póstuma
nos sirva para guardar
vivo nuestro recuerdo
del que ya no está con
nosotros.