Es más
importante
la decencia
que la
docencia.
Eso me dijo
Alonso
Zamora
mientras
vigilábamos
un examen
durante una
calurosa
tarde de
septiembre.
De una
persona
decente
puede
sacarse un
buen
profesor. De
una mala
persona, por
mucho que
sepa, no se
obtiene
nada.
El
sentido de
la decencia,
de clara
raíz
institucionista,
es la mayor
aportación
que el sabio
profesor nos
hacía a
aquellos
jóvenes
estudiantes
que
acudíamos
intermitentemente
a la clase y
a la
manifestación
antifranquista.
Corría el
año sesenta
y siete. Don
Alonso
llegó, tras
tantos años
fuera de la
universidad
española,
como un
vendaval de
sentido
común, para
explicarnos,
en
principio,
dialectología.
Se
desgranaban
en su clase
los
ejemplos,
pero no como
frías formas
que
transcribieran
sonidos que
nunca se
sabe si
realmente
vivieron,
sino como
pedazos de
vida,
fragmentos
de
existencia,
átomos de
dolor o de
felicidad. Y
entre medias
botaban las
pelotas de
frontón
(¿sabéis
cómo se hace
una
pelota?),
los
cacharros de
cerámica
(¿habéis ido
al alfar de
Pedro de la
Cal?), los
bordados de
Navalmoral
(¿cómo se
cruzan los
bolillos?).
El
dialecto
acompaña la
vida diaria,
el amor y el
dolor, las
esperanzas y
los
desánimos,
como la
poesía que,
al fin y al
cabo, no es
sino lengua,
frases para
decir en voz
baja (para
Zamora, la
poesía
siempre era,
como en la
rima de
Bécquer,
para recitar
o cantar
casi al
oído). «En
medio del
invierno
está
templada /
el agua
dulce de
esta clara
fuente / y
en el verano
más que
nieve
helada». La
lengua se
acomoda a
nosotros, se
hace a
nuestra
forma, se
acurruca en
los huecos
del cuerpo.
Como el agua
de la fuente
de Garcilaso
que se
templa en
invierno y
refresca en
verano.
Al cabo
de los años,
cuando el
cronista
entra en el
aula, se
enfrenta a
las miradas
y a los
rostros
jóvenes, se
piensa a sí
mismo como
Alonso
Zamora. Se
reconoce en
sus gestos,
en su tono,
en su modo
de estar.
Busca la
cercanía que
se encuentra
más allá de
la edad y de
las
costumbres y
persigue esa
punta
invisible de
sensibilidad
que existe
sin duda en
los
estudiantes.
Es la vía de
entrada a la
comprensión
del lenguaje
y de los
textos. Un
camino que
sólo se
emprende a
lomos de una
cabalgadura:
la
sensibilidad.
Con Don
Alonso
aprendimos a
descubrirla
en nosotros
y en los
alumnos que,
desde un
mundo de
usos
prosaicos,
pueden
despertar
hacia el
universo de
la palabra.
Luego da
casi igual
de qué se
habla. ¡Qué
lejos Don
Alonso de
esos
profesores
encerrados
en un
programa
punteado de
temas! Como
aquel
profesor,
que en los
mismos años,
nos dijo en
un examen
que
escribiésemos
sobre «Otros
autores».
¿Otros con
respecto a
quiénes?
Ganas dieron
de hablar de
los
escritores
marginados o
malditos.
Zamora, por
su parte, se
sabía, en
una
universidad
funcionaria,
situado en
los
márgenes.
Como esos
poemas de
Jorge
Guillén, al
margen de…
La filología
románica se
explica en
seis meses,
dijo un día.
Es una
ciencia
cerrada. No
mareemos la
perdiz. Lo
importante
es la
lengua. Como
en los
versos de
Garcilaso
(¡siempre
Garcilaso y
Petrarca!).
«De aquella
vista pura y
excelente /
salen
espíritus
vivos y
encendidos».
Así tenemos
nosotros que
mirar los
textos, con
una mirada
pura, no
mancillada
pero, a la
vez,
conocedora.
Da igual,
luego, el
autor sobre
el que
volquemos
los ojos:
Cela, Lope,
Valle-Inclán,
los cantares
populares. Y
el profesor,
tan serio,
desde su
jersey de
cuello de
cisne,
entonaba una
cancioncilla
aprendida
por
cualquier
camino, en
cualquier
valle.
El hablar
madrileño.
Con Alonso
Zamora
Vicente,
recién
cumplidos
unos
humanísimos
noventa
años, se va
un filólogo
de primera
línea,
discípulo de
Ramón
Menéndez
Pidal, de
quien
hablaba
siempre con
veneración;
lector
incansable
de Américo
Castro;
amigo de
maestros
(Dámaso
Alonso,
Lapesa) y de
discípulos (Alvar,
Mario Vargas
Llosa);
crítico
literario
admirable en
sus ensayos
sobre Valle-Inclán,
Lope, Tirso
de Molina;
entusiasta
de Galdós y
Baroja;
clasificador
de nuestra
historia
literaria en
sus páginas
sobre el
petrarquismo.
Se va un
madrileño
excepcional
que
descubrió el
habla de
esta ciudad
que para él
casi no
crecía (¡Qué
gran estudio
su mirada
sobre el
hablar
madrileño!)
conocedor
profundo de
su historia…
Perdemos a
un escritor
capaz de
aunar la
tradición
madrileñista
más castiza
con el
torrente de
conciencia
joyciano.
Pero nos
deja, sobre
todo, un
hombre
íntegro,
liberal y
demócrata.
De
convicciones
y de
tolerancia.
Que supo
hablar
siempre
desde el
mejor
criterio,
con el mayor
respeto
hacia los
demás, pero
asentado en
la firmeza
de sus ideas
que sólo
limaba la
ironía y la
buena
educación.
No sé si
España es
hoy
consciente
de que ha
perdido a
uno de sus
hijos más
preclaros.
Porque
Alonso
Zamora
Vicente
enseñó
siempre, en
el aula y
fuera de
ella, que el
país se hace
sólo desde
la decencia,
desde la
seguridad de
que puede
dormirse en
paz cada
noche. Así
ha muerto,
en la paz y
el sosiego
de su propia
madrugada.