ASOCIACIÓN CULTURAL "ESTUDIO Y DIVULGACIÓN DEL PATRIMONIO LINGÜÍSTICO EXTREMEÑO" (APLEx)

APARTADO DE CORREOS 930 - 10080 CÁCERES (ESPAÑA)

Número de Registro 3179.  CIF nº  G10309607

 

AGENDA DE APLEX

19 DE MAYO 2007

19,00 horas

XXVI FERIA DEL LIBRO BADAJOZ

Presentación de "La paz del lobo", de Rosa Lencero por Isabel Pérez González.

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19 DE MAYO 2007

19,00 horas

XXVI FERIA DEL LIBRO BADAJOZ

Presentación de "La paz del lobo",

de Rosa Lencero por Isabel Pérez González

 

La paz del lobo, ROSA LENCERO

Por

ISABEL Mª PÉREZ GONZÁLEZ

Recuperar la memoria histórica significa en unos casos, devolver la palabra a quienes les fue robada, en otros significa dársela a quienes nunca la tuvieron. Exactamente esto último es lo que hace Rosa Lencero en su novela La paz del lobo, que ha publicado la editorial emeritense de la luna libros y que esta tarde queremos presentar a los lectores de Badajoz en esta su Feria del Libro.

 

En efecto, Rosa Lencero ha hecho un ejercicio de recuperación de la memoria histórica en esa parcela, no siempre bien transitada por los historiadores ni por la literatura, que constituye el sustento de la Historia con mayúsculas. Esto es, esa parcela de los seres que habitan el sustrato de los siglos con su existencia anónima, silenciosa, sencilla y en apariencias, sólo en apariencias, al margen de los grandes procesos del devenir del hombre; esa parcela en fin que don Miguel de Unamuno definió con el término tan significativo de intrahistoria, acuñado por él para nombrar a multitudes de hombres y mujeres de la Historia que hoy no tienen nombre, ni historia, ni voz.

 

Y es hacia esos seres menores hacia donde ha dirigido su mirada la voluntad narradora de Rosa Lencero a fin de reconstruir el periodo oscuro y triste de la posguerra española, desde el microcosmos de la Extremadura rural en la que vienen a confluir, no obstante, otros espacios exteriores (América, Portugal, Italia, Andalucía, la Mancha quijotesca...) a través de la peripecia vital –mágica a veces, realista siempre- de una serie de personajes que han llegado a esta tierra para integrarse en ella. Así en La paz del lobo Extremadura y sus gentes se convierten en un hábitat que, aun en su pobreza, sabe acoger la pobreza ajena, en virtud de una generosidad a prueba de guerras, de posguerras, de represión política, de hambres, de constreñimiento moral, de fanatismo religioso. Extremadura en fin es en La paz del lobo, ámbito acogedor a base de coraje y humanidad.

 

No queremos decir con esto que nos hallemos ante una novela de interés exclusivamente regional. Entenderlo así sería privar a estos personajes, a sus historias y a la totalidad del libro del sentido universalizador de que están dotados. Porque me parece que de una manera muy consciente, Rosa Lencero ha elaborado la multiplicidad de peripecias vitales y sus protagonistas, a modo de arquetipos humanos representativos del vivir en aquella época de escaseces materiales y espirituales.

 

Por tanto, cuando hablamos del sentido extremeño de esta novela hemos de entender que Extremadura y sus gentes son la concreción cercana a nosotros de unas vivencias que permanecen en el imaginario popular y que la novelista con su gran tino ha ido recuperado a partir de un gran trabajo testimonial, a fin de reconstruir para los lectores del siglo XXI una parte de la historia de España.

 

Y quizá uno de los mayores aciertos de esta obra sea la estructura que Rosa Lencero ha dado a esa labor de reconstrucción. Porque, para dar vida a las variadas existencias que discurren por las páginas de La paz del lobo, su autora ha construido una novela coral en la que la multiplicidad de personajes y sus circunstancias personales van conformando ese enjambre de tipos humanos que transitaron nuestra posguerra con los pequeños avatares de su cotidiano vivir y, algo esencial, con sus recuerdos.

 

"No existe quien no recuerda", dice Jacinta. Pero esta afirmación que de algún modo es una declaración de principios de la autora, se convierte también en un elemento constructivo de la narración, pues a través de estos recuerdos el presente de los protagonistas permite ser enjaretado con su pretérito, de forma que el lector es conducido a dimensiones temporales de nuestra historia más lejanas y más amplias que el exclusivo presente de la posguerra.

 

Así, por ejemplo, Rita, nos lleva a la República desde unos recuerdos que, por cierto, no nos comunica desde su propia voz, sino desde la voz narradora que se coloca en el interior del personaje:

Ella vivió el cambio que introdujo la República, cambio que se gestaba en sus tiempos adolescentes y estudiantes de Madrid. Aunque ya había escuelas nocturnas para adultas y la renovación ciudadana iba dando otros aires a las actividades de las mujeres, sobre todo de las más jóvenes. Se aficionó igual que todas en aquella época a hojear con entusiasmo las páginas novedosas de la revista Estampa, donde al lado de un sorprendente artículo en que una fémina conducía una moto, vio por primera vez la fotografía de una mujer abogada.

 

Acabamos de decir que Rita nos habla desde la voz narradora que se sitúa en su interior, y lo decimos porque junto a los distintos planos temporales que a modo de flash back van conduciendo al lector en el tiempo, hay otro hallazgo discursivo que nos parece esencial en el engranaje de la novela. Me refiero a los distintos puntos de vista desde los que el lector se va adentrando en la configuración de los diferentes tipos humanos y su historia. De manera que unas veces el narrador se cuela en el pensamiento del personaje y decide hablar en su nombre, en ese estilo narrativo que llamamos indirecto libre, como este:

A Felisa le gustaba un zócalo de azulete para la salita y el comedor. Un azul intenso en las jambas de la puerta de entrada y alrededor de ventanas. Era una entusiasta de la blancura, más luz todavía, blanco sobre blanco en las sillas y la mesa de la cocina [...]. Y azulillo en la panera, primero enjuagar la ropa del jabón verde o de sebo y solear; luego aclarar con la bola de azulillo. Ya había teñido bastante luto en calderos cociendo la lumbre.

 

Y en otras ocasiones, sin embargo, será un narrador omnisciente, conocedor de todos los secretos del personaje, quien nos adentre en ellos, como es este otro pasaje paradigmático:

 

Y Benita habló tanto tiempo que no se dio cuenta que Amador ya no escuchaba. La veía a través de esa cortina, esa sombra chinesca que cubre los ojos de los moribundos. Y para no despedirse de ella en blanco y negro la imaginó el día que bautizaron al niño, vestida de luz en la puerta de la iglesia sosteniendo al niño, sonriendo con el sonajero y la concha de latón dorado que él preparó en la fragua. Su familia estaba en aquella estampa prendida en el pecho. Armando tan pequeño con los párpados cerrados a la fuerza del sol y contando las estrellas que estallaban dentro y Benita dulce y roja, una amapola mirándole arrebolada.

 

No puede ocultar Rosa Lencero su oficio de poeta, aquí manifiesto en esa atención a la palabra de mayor intensidad lírica, a ese adjetivo estético, a ese verbo que acentúe la emoción. Y en ese cuidadoso manejo del léxico, no pasa desapercibido desde luego el esfuerzo de la narradora por mantener viva la memoria del habla popular de Extremadura, que en este caso además contribuye a dotar a la novela de esa atmósfera de imaginario colectivo que se nos ha transmitido de unas generaciones a otras, en forma oral.

No es costumbrismo al uso de la literatura regionalista lo que Rosa Lencero nos deja en La paz del lobo, es -me parece- un intencionado empeño de actualizar el habla, los usos, las costumbres, en definitiva, la cultura popular extremeña, a través de la pincelada impresionista que nos deja -así, como quien no quiere la cosa-, un regusto familiar en la memoria. Veámoslo, pues:

A las seis de la mañana Felisa cumplió llamándolos. Mientras el padre Sixto llenaba la jofaia de agua y se rasuraba sin mirarse en el espejo del palanganero, recitaba sus primeras oraciones matutinas en un latín que llegaba a retazos al comedor donde Felisa ya tenía dispuestas las tazas del desayuno.

 

O en aquel pasaje que prepara al lector para el retorno al pasado más lejano de la Guerra de Cuba:

 

Constantina y su hijo Fidel compartían como una bendición los ratitos a solas al acostarse el abuelo. Mientras cosía faltriqueras agujereadas, zurcía o remendaba, repasaban los acontecimientos de sus vidas. Y más abajo: Fidel, pendiente de su madre, pinchaba alfileres en el acerico preocupado porque la imagen de aquel padre era como las rayas de carburo que señalaban por dónde cortar las perneras.

 

Así pues, podemos concluir afirmando que La paz del lobo se configura como una novela de trabajada complejidad que desde la multiplicidad de puntos de vista, de planos temporales, de espacios geográficos y de personajes arquetípicos, recupera para el lector ese sustrato vital intrahistórico que fundamenta la historia española de varias generaciones, vistas desde el trasluz afectivo de la memoria oral que en mayor o menor medida todos percibimos como algo cercano. Ello se debe, sin duda, a esa ingente labor de investigación y de elaboración literaria de nuestro pasado que ha logrado con éxito Rosa Lencero y que convierte a La paz del lobo en un paradigmático ejercicio de recuperación de la memoria histórica, desde la concreción de los modos, las hablas y las gentes de la posguerra española en nuestra Extremadura rural.

Muchas gracias, Rosa, por este regalo que nos haces a los lectores.

Badajoz, 19 de mayo de 2007. Feria del Libro.

 
Última actualización: 24/05/2007

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