| Secuencia
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—¡Dulce
José María!
EL
ALMA:
—¡Dulce
José María! Tus poesías tibias como leche recién ordeñada,
como hogaza recién horneada o el abrazo más tierno y más
puro... me dejan tiritando de amor y ensueño...
De
este niño que te voy a recordar, no dirás que cuando
«los escolares se han marchado quedan las aulas en una especie
de dolorosa soledad que apena el ánimo».
Esas aulas sin
estudiantes como
jaulas sin pájaros, como eras sin espigas, o iglesia sin gente,
con un airecillo de vaga tristeza que hace sufrir... Este niño
tiene por escuela la inmensidad del campo y la techumbre limpia
del cielo.
Y
no te quejes de que tus «proyectos literarios andan algo
descuidados a causa de las muchas ocupaciones» del campo,
sigue, por Dios, cantando a las dehesas y a los entrañables
Vaquerillos.
RECITADO:
MI
VAQUERILLO
He
dormido esta noche en el monte
con
el niño que cuida mis vacas.
En
el valle tendió para ambos
el
rapaz su raquítica manta
¡y
se quiso quitar -¡pobrecito!-
Su
blusilla y harcerme almohada!
Una
noche solemne de junio,
una noche de junio muy clara...
Los
valles dormían,
los
búhos cantaban,
sonaba
un cencerro,
rumiaban
las vacas...
y
una luna de luz amorosa,
presidiendo
la atmósfera diáfana,
inundaba
los cielos tranquilos
de
dulzuras sedantes y cálidas.
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