| Secuencia
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—Te
vas convirtiendo en encina extremeña...
EL
ALMA:
—Te
vas convirtiendo en encina extremeña, tus raíces se van
ahondando tanto como tu fe. «He estado forastero cinco días
y he venido rendido y con todo el sol de Extremadura metido en
la mollera...»
Así
y todo, tú no sirves para ningún Madrid donde en medio de
las calles ansías el pueblo y en medio del pueblo ni te
desanima la monotonía...
«Hasta
los venenos llegan a hacérsenos deliciosos», decías,
«lo cual no quita que digamos que los venenos no deben ser
cosa buena...»
¿Y
qué mejor deleite que el gozar de tu mujer cacereña en «La
Virgen de la Montaña»?
RECITADO:
«LA VIRGEN DE LA MONTAÑA»
Era un día quejumbroso de diciembre ceniciento
cuando
yo subí la cuesta de la mística mansión:
el
que aquella cuesta sube con angustias de sediento,
baja
rico de frescuras el ardiente corazón.
II
Bellísima
cacereña,
hija
del sol que te baña:
¡la
Virgen de la Montaña
te
guarde, niña trigueña!
Te
habrán dicho los espejos
que
son tus labios muy rojos,
que
son muy negros tus ojos,
que
fuego son tus reflejos,
que
son tus trenzas dos lindas
cadenas
de amor ardientes,
que
son perlitas tus dientes
y
tus mejillas son guindas.
¡Qué
angelical ermitaña
tuviera
en ti, cacereña,
para su ermita risueña
la
Virgen de la Montaña!
Linda
garza y ribereña:
levanta
el gallardo vuelo,
que
estás más cerca del cielo
posada
en aquella peña.
Sube
a la mística loma,
que
no hay mansión deleitable
más
llena de paz amable
que
el nido de una paloma.
Sube,
que yo, cuando subes
por
ese atajo risueño,
gentil
alondra te sueño,
que
va a cantar a las nubes.
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