EL
ALMA:
«Así
son las cosas y así tenemos que aceptarlas, porque todo
hombre de los vivos —y más que nadie nosostros— somos muy
chicos para arreglar todo lo que anda tan desordenado por
estos mundos de Dios...»
¡Amigo
mío, tú lo dijiste! Y supiste como nadie del dolor
inagotable de la gente sencilla, del dolor estremecedor...
RECITADO:
«LO INAGOTABLE»
De
rodillas delante de la fosa
donde
se pudre el mocetón garrido,
la
pobre vieja sin moverse pasa
la
tarde del domingo.
Una
tarde otoñal, helada y muda,
de
cielo muy azul, campiña yerta,
y
un sol amarillento que se muere
de
frío y de tristeza.
Una
vela amarilla que no alumbra,
se
quema, como el alma de la anciana,
cuyos
ojos decrépitos no lloran
porque
no tienen lágrimas.
Cayó
el silencio sobre el pueblo humilde,
murió
la tarde y se marchó la alondra,
y
la vida le dijo a la ancianita
que
estaba ya muy sola.
¡Era
preciso abandonar al hijo!
Besó
la tumba y apagó la vela,
que
derramó sobre la hierba húmeda
dos
lágrimas de cera.
¡Y
dieron todavía otras dos lágrimas
aquellos
ojos que estrujó el dolor!
Ni
ignoradas ni estériles las dieron:
¡las
vimos Dios y yo!