| Secuencia
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—Un
día, mucho más tarde...
EL
ALMA:
—Un
día, mucho más tarde, confesaste que no eras conocido como
prosista... ¿Con estos hermosos versos? ¿Recuerdas la epístola
donde confesaste «que perduran las impresiones cuando el espíritu
que las recibe está puro, cuando es ingenuo y fresco?»
¡Escucha pues «Los dichos del tío Fabián».
RECITADO:
«LOS DICHOS DEL TÍO FABIÁN»
Pues,
señor, el otro día
vino
un tío a visitarme
y
sigue con la manía
de
venir a marearme.
Con
su charla singular
la
sangre misma me enciende;
charla
y charla sin cesar,
¡pero
cualquiera lo entiende!...
Tiene
él un prado inmediato
a
una linda huerta mía,
y
ayer fui a su casa un rato
a
ver si me lo vendía.
Tío
Fabián, vamos a ver
—le
dije con claridad—:
¿usted
me quiere vender
el
prado de la hermandad?
Si
lo vende, hago una puerta
para
mi huerta lindante,
mas
si usted quiere mi huerta,
yo
se la vendo al instante.
El
tío Fabián sonrió,
con
aire ufano y sencillo;
después
tosió, se rascó
y
escupió por el colmillo.
Y
echando al fuego unos palos,
me
contestó el tío Fabián:
—que
los tiempos andan malos...;
que
patatín..., que patatán....
—Deje
esa palabrería
y
piense bien la cuestión:
¿quiere
usted la huerta mía?
La
vendo sin dilación.
Las
dos fincas valen poco,
más
pudiéndolas juntar,
resulta,
o yo me equivoco,
una
finca regular.
Y
con palabra calmosa
el
tío Fabián se resuelve
a
decir: "Que esa es la cosa,
que
torna..., que vuelve..."
—Dígame
usted sin rodeos
cuáles
son sus intenciones
y
cuáles son sus deseos,
proyectos
y aspiraciones.
Claridad
pretendo yo
y
usted en divagar se empeña;
¿pero
dígame sí o no
como
Cristo nos enseña?"
Y
el tío Fabián sin piedad,
de
mis casillas me saca
diciendo
que es la verdad...,
que
toma..., que daca...
¡Ay
tío Fabián, concretemos,
y
entendámonos, por Dios,
o
locos nos volveremos
de
esta manera los dos!
En
forma clara y abierta
la
cuestión le he planteado:
o
me vende usted el prado
o
me compra usted la huerta.
Y
si nada ha de querer,
dígame
sin vacilar
que
no quiere usted vender
y
no quiere usted comprar.
Pues
tras estos alegatos
diciéndome
el hombre sale,
que
donde hay hombres, hay tratos...,
que
zumba... que dale.
Si
eso está bien, tío Fabián;
mas
es charlar tontamente,
y
yo no sé a qué ese afán
de
salir por la tangente.
Yo
me traigo mis cuartitos
si
es que el prado he de comprar,
y
nombrando dos peritos
que
lo vayan a tasar.
Pero
el tío Fabián me ataja
diciendo
con gran trabajo
que
su prado es una alhaja...,
que
arriba... que abajo....
Yo
pagaré lo que valga
si
el prado tan bueno es;
pero,
por Dios, no me salga
con
otra tecla después.
Eso
del valor del prado
los
peritos lo dirán
y
es asunto terminado;
¿comprende
usted, tío Fabián?
Y
el tío Fabián no comprende
y
dice que velaí...
que
la gente así se entiende...
que
por aquí... que por allí...".
"¡Cuidado
que es pesadez!;
tío
Fabián, tengo que irme;
dígame
usted de una vez
lo
que tenga que decirme.
Usted
está en las Batuecas,
pero
a ver si ahora me entiende;
contésteme
usted a secas:
¿vende
el prado o no lo vende?"
Y
contesta el muy pesado
que
hogaño ha criao en el prado
la
miaja e ganao y el potro...,
que
por este lado..., que por el otro...
Pero
¿usted no puede hablar
de
forma más apropiada?
¡si
eso es charlar por charlar,
y
charlar sin decir nada!...
No
hay más tiempo que perder:
el
prado lo compro yo.
¿Me
lo quiere usted vender?
¿Qué
dice usted: sí o no?
Y
el hombre dice que el prao
se
lo compró él a un sobrino...;
que
fue medio regalao...,
que
si fue..., que si vino...
Tío
Fabián, me voy a ir,
y
perdone si le ofendo,
pero
no puedo sufrir
esa
charla que no entiendo.
Quedamos
en eso, ¿eh?
¿Me
venderá usted el prado?
¿No
es eso? ¿Qué dice usted?"
Y
al verse el hombre acosado,
me
dice con mucha flema
que
se lo dirá a la tía...
y
que esa es la su sistema...,
que
ya vería..., que ya vería...
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